martes, 26 de julio de 2016

GRAN TRAIL ANETO POSETS 2016 (23-24 JULIO 2016)

Allí estaba de nuevo. Avenida de los Tilos de Benasque, poco antes de la medianoche. Dispuesto para la salida del Gran Trail Aneto Posets. Como en el 2014. Ese año abandoné cuando a mitad de carrera, se pasa por el punto de partida. La cabeza falló. Esta vez quizás no llegara tan entrenado, y dos años mayor, pero más consciente de lo que me esperaba. Precisamente por ello, con muchos nervios. Al retirarme, dije que “nunca más”. Pero al día siguiente sabía ya que tenía que volver, que iba a volver.  Y allí estaba  de nuevo.
Llegué con Toni, y nos juntamos con Fran y Gorka. Había mucho ambiente, la tele, la radio,… Ese fin de semana en Benasque se monta una gran fiesta de las carreras de montaña. Entramos al cajón de salida previa inspección de los crampones, y esperamos la cuenta atrás. Ya con ganas de ir restando kilómetros. Tenía la idea de salir ligero para evitar el primer corte de La Renclusa, y luego coronar Salenques con un colchón que me permitiera ir ya más tranquilito.
Sonó al Himno del Valle de Benasque, y comenzamos a trotar. Como siempre al inicio, rapidillos. No me importó, el terreno lo permitía y así se gana tiempo. Llegamos por pista y buen sendero a Baños. En unos 10’ menos de lo que me había marcado. Toni se había quedado, dice que siempre le cuesta coger ritmo, pero conseguí enlazar con Gorka, al que pasé porque se paró a hacer una pequeña parada técnica (sí, a orinar). Íbamos a buena marcha. Chispeaba intermitentemente. La previsión no se estaba cumpliendo. El tramo al Hospital fui trotando cuando el terreno se dejaba y hasta el repecho a La Renclusa, también. La corta pero dura subida, ya caminando a buena marcha. Llegué al refugio en 3h. 06’, unos 25 minutos de adelanto sobre lo previsto, y me relajé, daban 4 horas. Esperé a que llegara algún compañero y al poco apareció Gorka, con el que ya hice grupeta el resto de la carrera. Hacía fresquito. Así que tras avituallarnos no paramos demasiado y salimos para afrontar la subida al temido Collado de Salenques.
La subida a Salenques, es larga y tendida. Pusimos la marcheta y a bastonear. Oyendo la furia con la que bajaban los torrentes de la norte del Aneto por el Valle de Barrancs. Poco a poco te sumerges en el mundo de los bloques de granito, y el ascenso se torna costoso, penoso. Y el frío aumentaba, era aún de noche, había algo de niebla y caía una fina lluvia o aguanieve, las condiciones estaban empeorando. En las rampas finales un voluntario nos instó a ponernos los crampones para pasar un nevero; después había que quitarlos para pasar un tramo de roca y ponerlos otra vez para ya llegar al collado. Gorka decidió llevarlos en la mano mientras superábamos las piedras, y se le cayó uno a un hueco entre los pedruscos. No me extrañó, las manos se quedaban heladas, bajo unos guantes algo mojados, después de quitártelos para poner y sacar los crampones. El cuerpo también, había que pasar deprisa. Afortunadamente un compañero lo pescó con un bastón. Tras pasar el collado, a 2.808 mts. (eran las 6:35), el descenso evitaba la nieve y  faldeamos ayudados por una cuerda fija que guiaba y daba seguridad. Al perder altura  y con el movimiento, el cuerpo recuperó calor, la cosa ya fue a mejor. Estaba saliendo el sol, que yo esperaba con ansía. 



El tramo de sube y baja al Collado sin nombre (se me ocurre alguno pero  no estaría correcto expresarlo), entre ibones y hasta el Collado de Angliós, lo conocido, bonito pero agreste, incómodo, rompe piernas, no avanzas en kilómetros. Y machaca las piernas, y la cabeza. Es “mayormente en bajada” pero casi más lento que los tramos de subida. Un caos interminable de rocas de granito. Un Pirineo extremo. Se me hizo largo pero esta vez lo esperaba. Una frase del gran Fran resume Salenques: “no es que no sea corrible, no es ni andable”. 


Bajando a Llauset trotamos los metros finales, que casi no lo hacíamos desde Aigualluts. Eran las 10. Una horita menos que en 2014 y que lo previsto. Tras la paradita reiniciamos trotando un sendero casi llano que bordea el embalse, pero enseguida comenzaron las rampas duras de ascenso a Ballibierna, y tocó de nuevo caminar. Antes del nuevo refugio, que nos hicieron visitar, nos cruzamos con Fran, retirado y que acortaba desde Salenques a Llauset. El ascenso al Collado de Ballibierna es menos largo que al de Salenques, con mejor piso,  con solecillo, de día…lo salvamos bien. 

El descenso, ya sabíamos que no era cómodo hasta llegar al Refugio de Coronas.  Poco antes nos pasó el primero de la Vuelta al Aneto. En ese momento nos sacaba 7 horas…mejor no pensarlo.  
Del Refugio de Coronas quedaban 14 kilómetros de bajada a Benasque, por pista. Aquí sí que decidimos trotar. Y lo hicimos (como Dora); sin parar, a un ritmo majete. Ya tocaba…. Nos plantamos en Benasque sobre las tres y media. Casi dos horas antes que en 2014. Y lo mejor de todo, sabiendo que íbamos bien y que nos tocaba comer, beber, cambiarnos de ropa y… seguir o seguir. Llamé a la familia, me cambié calcetines y parte superior entera, y a continuar.  
Pensé que de retirarme ni hablar, que me conocía y dentro de un año o dos me tocaría de nuevo darme esta primera vueltecica…y no quería volver a Salenques. No vuelvo por allí ni aunque me lo pagaran a precio de oro, no vuelvo ni con pistola al cuello, ni aunque haya un “Pokemon” de esos. Vamos, no sé si he dejado claro que Salenques…en foto. Bonito es, ¡eh! Os animo a visitarlo, pero yo ya he cumplido, tres visitas.  


El segundo bucle del infinito comienza con la subida al Molino de Cerler. Tenía en la cabeza las palabras de Javisa tras retirarme dos años antes: “si hubieras seguido subes tranquilo al Molino, y bajando te vuelves a sentir corredor, y ya para adelante”.  Comenzamos a remontar altura por un agradable senderillo, sin forzar, entre otras cosas porque nos íbamos cruzando con los corredores de la Maratón de las Tucas que bajaban a meta. Fue una sucesión de “¡ánimo máquinas!” de ellos a nosotros, y de “¡gracias, venga, casi hecho!” de nosotros a ellos. Nos cruzamos con Jordi, que bajaba como un cohete, con Marcos, bravísimo. Nos decían que llevábamos buena cara. En El Molino, traguico de agua y a bajar por Anciles a Eriste. Y más conocidos por el camino: Enrique, Vanesa, Rafa….

Nos plantamos en Eriste habiendo trotado casi toda la bajada, “capazos” aparte, por un sendero que daba gusto, correteando como pastorcillos. Ya habían caído otros 10 kilómetros más, agradables. Tocaba afrontar el “subidón” de la segunda parte: el ascenso al Collado de La Forqueta, a 2.868 metros. Pero a mitad teníamos el control del Refugio Angel Orús. Menos mal que la subida se divide en dos, porque son 12 kms. y 1.800 mts. de desnivel de tacada. Este tramo lo conocía bien. A mitad de subida nos cogió José Antonio, compañero en la Challenge, y se unió al dúo formando un grupo de tres, mejor que decir trío, que algunos tenéis la mente muy sucia. Como conocía el tramo, impuse el ritmo, el que creí adecuado para no quemarnos, pero alegre, había que aprovechar el día.
 Tras una pequeña pausa en el Orús, con caldito con fideos reparador, reiniciamos el ascenso. Gorka, que dijo que había flojeado un poquillo hasta el refugio, recobró fuerzas e impuso un ritmo exigente al Collado de la Forqueta. La primera parte, con tramos de escalones, la llevé peor, no me van; la segunda, empinada pero de bastonear, un sendero con fuerte pendiente, mejor. Estos ni se fijaron que pasamos junto al Ibón de Llardaneta, ni nada,…Menos mal que “el abuelo cebolleta” iba contando, “que si por aquí el desvío a la Canal Fonda, que si pasamos al lado del ibón…”. Una fuerte rampa de esas que te calientan rápido los cuádriceps, nos dejó en el ansiado Collado de la Forqueta. Pasamos a las 23h., de noche. Me había costado seguir a mis compañeros, sobre todo al inicio.

La bajada a Biadós la recordaba mala al principio, pero buena después. Pero la parte empinada y pedregosa no acababa nunca. Se veían las luces del Refugio, muy abajo. Llegamos a una zona entre bosque que también se hizo larga. Gorka no hacía más que repetir que nos habían engañado en la distancia. Luego nos dijo que de vez en cuanto se medio dormía. La segunda noche estaba empezando a dejarse notar, todo parecía pasar más despacio y ser más largo.  Aunque, bueno, estábamos recorriendo un Pirineo infinito. Le tomé el relevo un rato y por fin llegamos abajo, pasamos un puentecillo y giramos  a la izquierda para ascender unos metros al Refugio de Biadós.  Nos costó 2h. y media largas este tramo, peor de lo pensado. Yo tampoco estaba muy lucido. Aún le pregunté a un voluntario que si había otra bajada de La Forqueta, que esa no me había sonado…se partió de risa. Anda que no estaban la marcas GR bien pintaditas por donde nos llevaron, y las vimos y seguimos, pero..… pensad que llevaba desde el viernes a las 6:15 despierto (trabajé). Una voluntaria nos preguntó qué tal y le respondimos con tópicos y bromillas, pero nos dijo que era una médico de la carrera y entonces, fuera bromas, le dijimos que bien. Un corredor vomitó, y no sabemos cómo acabaría.  Allí se quedó con su grupo.
            José Antonio se había retrasado algo, y cuando salíamos, llegó. Le dijimos que ya nos cogería, preferíamos reiniciar china-chana a quedarnos fríos parados. Nos restaba afrontar la última subida, al Collado de Estós, y eso nos animaba (no subir al collado, el que fuera la última). Tras deshacer lo recorrido unas centenas de metros, casi en el puentecillo mencionado, continuamos hacia el fondo del valle por un sendero entre hierbas y matojos que ascendía de manera tendida, faldeando  el margen derecho orográfico del valle, Era noche cerrada y a nuestra derecha veíamos difusamente cada vez mas abajo el fondo, y un ruido ensordecedor del agua precipitándose…Qué bueno no ir solos. Daba cosa. Íbamos como autómatas de baliza en baliza, no se acababan nunca las balizas, y no se acababa nunca este faldeo, era desalentador. Porque sabía que en algún momento teníamos que girar a la derecha y afrontar las rampas finales al Collado de Estós. José Antonio nos cogió, y al poco, por fin, atravesamos la palanca de Añes Cruces para acometer la última parte de subida más empinada, ya los tres juntos. Gorka empezó a subir como poseído, o al menos eso me pareció el ritmo que impuso. Vimos las luces del collado pero nos costó llegar, de noche, sin perspectiva, no pudimos calcular lo que nos quedaba., y era más de lo que parecía. Arriba nos dijeron que el descenso al Refugio de Estos era por buen sendero muy marcado. Hombre, marcado con pinturas de GR sí, pero muchos tramos, de buen sendero, nada. Íbamos de baliza en baliza, como autómatas, Gorka delante, y a veces fijándose tanto en la baliza siguiente que perdía la sendita e íbamos unos metros en paralelo, fuera de sendero. Yo no hacía  más que decirle, “no, el sendero va por aquí”, y pensaba que me iba a mandar a escaparrar,…jeje.  Además el sueño también me estaba empezando a hacer efecto. Repetidamente pensaba que porqué el empeño en seguir las balizas, como quien unía puntos con segmentos, que lo que teníamos que hacer era ir rectos a Estós. ¿?  Nos amaneció camino del Refugio de Estós.  Mis compañeros manifestaron varias veces que debíamos estar ya casi, yo me callaba pero sabía que no. Hasta que les solté “está tras esa loma de allí que baja de la montaña, aun nos queda”. Y se hizo el silencio. Pasadas las 6 y media, llegamos a Estós, y los voluntarios, de diez todos, en este caso se empeñaron en ponernos mantas y que nos sentáramos mientras bebíamos un caldito y comíamos. 

Esto estaba muy cerca de finalizar. Ahora sí. Unos 13 kms. hasta meta, primero por camino  y luego, desde la Cabaña del Turmo (sí, la de 20 de abril del 90, la del “Cifu”…), pista forestal. Teníamos pensado trotar todo lo que pudiéramos, pero José Antonio nos dijo que no podía. Le contestamos que entonces andando, que llegaríamos los tres  juntos. El problema no era llegar más tarde, era que se nos iba a hacer muy largo este tramo. José Antonio debió pensarse eso, se animó y pudimos trotar. Al llegar al aparcamiento de Estós vimos voluntarios como esperando. Ostras, no…eran los amigos de Andandeh, ¡qué alegría! Antes de entrar al pueblo, no por carretera, sino por un camino lateral, pensamos que llegaríamos poco antes de las nueve, hora de salida de la media maratón, de manera  que decidimos caminar para llegar un poquito más tarde y tener nuestro momento de gloria,..jeje. Así lo hicimos y llegamos a meta a las 9:12 de la mañana, 33 horas 12 minutos después de la salida. Unos 108 kms. y +6.700 mts. de desnivel.

Enormemente contento, muy satisfecho. Además, y no es decir por decir, con la alegría de ser recibidos entre amigos, de ver caras conocidas y la alegría en sus caras, es de agradecer. Una carrera dura, muy dura, brutal, salvaje. La más dura que he hecho. Un Pirineo extremo, un recorrido infinito. Una pena lo de Toni y Fran. Volverán y triunfarán. Y por último, a Jorge, que así le recibieron y a José Antonio, muchas gracias por compartir parte de la carrera. Sin vosotros, hubiera sido mucho más difícil. 


lunes, 4 de julio de 2016

PUEBLO DE LARROSA desde Acín de Garcipollera (01/05/2016)

Participantes: Feli, Jesús, Miguel, Pablo, Jorge, Ana y Oscar.
Desnivel: 324 mts.

Aparcamos en Acín de Garcipollera tras recorrer la pista, con más baches que en otras ocasiones. Altitud de inicio: 1.026 mts.

Comenzamos a caminar por la pista que lleva a Iguacel. Atravesamos un barranco  mirando con curiosidad una senda. Creemos que va a Larrosa y que está limpia, pero como no estamos seguros, pensamos mejor ir por la pista. Jesús se interna un poco y confirma que parece limpia. Aún así, seguimos por la pista. Cuando ya no queda mucho para Iguacel, nace de la principal una pista a la derecha, por la que discurre el GR15, y que marca Larrosa. La seguimos. Al poco se ve el pueblo, pero la pista realiza un rodeo. Estábamos encima del pueblo. Un sendero marcado GR15 abandona la pista y desciende hasta las casas. Este GR15 continuaría hasta Acumuer. Nosotros aquí nos paramos, pues ya hemos llegado a nuestro objetivo.  Altitud: 1.153 mts. 


Mis padres se dieron la vuelta y nosotros nos quedamos “callejeando”. La idea era comer en Iguacel a la bajada, pero hacía muy buen día, y en una praderilla en la parte baja del pueblo, almorzamos. Mientras acababan la comida, investigué un poco. Un par de mojones me dieron la pista. Descendí hasta otro, y encontré una senda que bajaba directamente dejando un barranco a la izquierda. Al volver, propuse intentar volver por allí, lo que tuvo mucho éxito. Así lo hicimos. La senda es limpia y clara, y nos dejó en la pista a Iguacel por terreno más bonito y directo que la pista.  La única dificultad es saber tomarla desde el pueblo. Efectivamente desemboca por donde mi padre había comenzado a subir.  Para otra vez, también subiremos por allí.